Diana Wechsler
Un conjunto de personajes que confiesan un origen común pueblan
las pequeñas obras de Emilia Gutiérrez.
La mirada cercana permite percibir el aliento contenido de muchos de ellos.
Esta proximidad que elude las marcas espaciales reduciéndolas a
su mínima expresión para dejar sólo algunos indicios
que lo señalan, incita a colocar directamente la mirada en las
figuras. Estos habitantes sin tiempo que ocupan el centro de interés
de estas obras se presentan con una serena inquietud, en actitudes inmutables,
como en un tiempo en suspensión. Vestidos con trajes muy decorados
unas veces o tratados por superposición de sencillos planos de
color, otras, es difícil asignarles un momento en el que ellos
hayan ocupado el espacio real. No son retratos sino que se trata de una
galería de personajes que tienen un mundo propio. Son habitantes
de un mundo mental particular, representantes de una singular memoria
histórica que reúne de manera aleatoria, personal, indiscernible,
datos de la profusa cantidad de imágenes producidas en occidente.
Personajes que parecerían formar parte de un relato interior producido
entre sueño, vigilia y alucinación. Unos con sus rostros
calmos, otros encubren su gestualidad con la inexpresiva expresividad
de las máscaras. Rostros-mascaras que Gutiérrez impone a
muchos de los pobladores de estas atmósferas limitadas, estrechas,
que ostentan un clima en apariencia imperturbable que por momentos puede
resultar agobiante. Como en el Perjurio de la nieve de Marco Denevi, cada
personaje mantiene su identidad para sostener una temporalidad sin cambio
alguno: inmutable, sin alteraciones. Una escena, y otra y otra más
retoman gestos, actitudes, datos de aquella extraña y a la vez
cercana realidad, tratando de reiterar momentos y situaciones con la implacable
y cuidadosa insistencia del tiempo buscando burlarlo quizás, como
en el cuento, para evitar que sobrevenga el final.
Son seres que susurran sus presencias inquietantemente silenciosas desde
estas ventanas en las que se convierten los cuadros de Emilia. Ventanitas
que muestran certezas de un territorio diferente, otro. Sus trabajos se
suman uno a uno hasta aparecerse como fragmentos de universos desconocidos
pero en los que logramos sin embargo reconocer y reconocernos, no sin
conflicto, en las atmósferas contenidas que los distinguen. Entre
ellos, sin embargo, no hay conflicto ya que rápidamente la secuencia
de imágenes se convierte en serie y así se ordenan unos
y otros construyendo una (im)penetrable intimidad en el seno mismo de
la intimidad de este mundo.
Emilia Gutiérrez configura este espacio plástico de fuerte
identidad al promediar los convulsionados años '60.
Lo sostiene incansablemente en su ejercicio cotidiano del oficio. Sus
búsquedas recorren la tradición plástica situándose
en una figuración de una expresividad contenida y contundente a
la vez, poderosa y elocuente en sus silencios sin adscribir directamente
a los planteamientos contemporáneos: los contempla, los recorre
y asume una posición personal que la lleva a delimitar un territorio
propio. Su oficio depurado, preciso, en el que lo que se registra siempre
es el amor por la pintura, exhiben que es en ella donde Emilia encontró
su espacio vital.
Buenos Aires, enero de 2004
Maria Teresa Constantin
El lunes 8 de octubre de 1973, la Galería Van Riel, ubicada en Florida 659 en el centro del circuito de arte y una de las galerías más prestigiosas de Buenos Aires, inauguraba una muestra de pintura de Emilia Gutierrez. El catálogo editado para la ocasión, además de los datos de costumbre, tenía una portada singular. Se trataba de algo así como un patchwork o como un despliegue de fichas de dominó, en el centro estaba el retrato fotográfico de una mujer, la artista, y a su alrededor, seis retratos pictórico, en realidad detalles de rostros tomados de la obra de Gutierrez. El retrato fotográfico y los pictóricos tenían algo en común: una intensa concentración en la mirada. De frente, de reojo, como al pasar, esa mirada, rodeada por profundas ojeras pinceladas de negro, tenía el poder de anular el resto de los detalles. Evidentemente quien hubo concebido el catálogo, seguramente con el consentimiento de la artista, tuvo la agudeza de captar ese hilo conductor que atravesaba la obra expuesta: diferentes personajes que a modo de interlocutores privilegiados aparecían como una especie de vínculo entre el espectador y la obra. Invisible para el resto de la escena, su rol parecía ser el de un lucido vigía observador del mundo pero al mismo tiempo ajeno a él. La vida y la obra de la artista parecen sintetizarse en esa interpretación gráfica.
Emilia Gutierrez falleció en Buenos Aires el 13 de mayo de 2003. Su muerte no tuvo ninguna repercusión pública, ahora, el próximo 15 de Abril el Centro Cultural Recoleta presentará una muestra retrospectiva de su obra que permitirá ofrecer al publico de Buenos Aires una visión amplia de sus dibujos y pinturas.
La artista emerge en la escena artística de Buenos Aires en los años 60: en 1961 forma parte del Grupo del Plata integrado, entre otros, por Hugo Monzón, Silvia Vera Ocampo y Carlos Gorriarena. Ya en ese primer agrupamiento la artista y el resto de los miembros del grupo fueron señalados por el crítico Ernesto Schoo con rasgos que, en medio de la euforia experimental de los 60’, aparecen como muy diferenciados: figurativos, al margen de “los extremismos más peligrosos” e insistiendo en el ejercicio del oficio. En esa época, la artista realiza obras de carácter fuertemente expresivo, en la que los personajes cadavéricos o velados, tienen una gran carga de muerte. Para 1965, separada ya del grupo firma un contrato en exclusividad con la galería Lirolay. Confirmado, Primera Plana, La Razón y Nación se ocupan de sus exposiciones. Mientras, otras galerías muestran por ejemplo, obras de Antonio Seguí, abstracto en esos años, Luis Benedit o Nicolás García Uriburu, es decir artistas que orientaban su producción plástica hacia el conceptualismo y la desmaterialización de la obra. Ella entonces, con su fidelidad a la pintura, sus tonos bajos, sus deformaciones espaciales surreales y la rara melancolía de sus personajes, para la crítica, aparece como “extraña”. En los años 70 expone en Van Riel, es su ya citada muestra del año 73, quizás una de las más importantes y la que permite vislumbrar las diferentes vías que puede tomar su obra: trabajos en los que se deja atrapar por el motivo de la ciudad, los cines y cafés recorridos por esa noctambula ojerosa que se pierde en el anonimato para dirigirse sólo al espectador; la geometrización metafísica de motivos del puerto y de doloridas escenas como la de ese Prisionero con su cabeza atravesada por una herida sangrante; para oscilar, irónica, hacia una peluquería femenina donde el eje de la obra se concentra en los secadores de pelos tratados como naturalezas muertas, de ellos escapa un viento que hace flamear 4 pelitos y un corbatín. A veces aparece algún paisaje urbano con grafitis o banderas: es el año de la exaltación democrática del gobierno de Cámpora y el regreso de Perón, como señala un critico, en épocas en que “todo parece situarse en un extremo de violencia” qué puede ella con su obra tan dirigida hacia un universo personal y privado? Sus criaturas son a veces observadores distantes, otras aparecen ensimismados en su propia historia. En los años ’80 cuando el mundo artístico vuelve su mirada a la pintura Emilia Gutierrez ha dejado de pintar: desde mediados de la década del 70 se refugia en los blancos y negros del dibujo y “dibuja de tal modo que por el efecto de sus granulados nos recuerda por momentos los resultados de la litografía” dice Rafael Squirru, otra veces amplios espacios blancos actúan generando abismales silencios. Cada vez más sus personajes se cierran a todo dialogo, cada vez más la vida de un café es un lugar de anonimato más profundo.
Es a través de aquello para lo que había vivido, su producción artística, que su hermana, Ilda Gutierrez, su sobrino Alejandro y su cuñado el Doctor León Berlín quieren homenajearla y promueven esta exposición. En el momento de la muestra se presentará el libro Habitante de la luz y de la Sombra, con textos sobre su vida y obra de Raúl Santana y editado por Gabriel Levinas.
Decía Michel Foucault que “hay muchas maneras de hablar, como también muchas clases de silencio”. Ella transitó, en la vida y en la obra, la rotundidad del silencio.