


No sería exagerado afirmar que Emilia Gutiérrez estuvo signada desde su nacimiento, por hondas conmociones que marcaron su vida e inevitablemente- dada la dimensión que el arte tuvo en su existencia- pautaron y modelaron su obra hasta darle un carácter inconfundible. Y cuando hablo de conmociones, no puedo dejar de recordar aquella frase de Theodor W. Adorno que figura en un pequeño texto al final de su libro “Dialéctica del Iluminismo”, que parafraseo: el tejido psíquico de algunas personas está lleno de cicatrices que fueron heridas y esas cicatrices “marcan las estaciones donde se detuvo la esperanza”. Me atrevería a decir que recorrer la obra de Emilia en su despliegue visible nos actualiza aquella frase pues, si la obra de la artista tiene un punto de partida aparentemente real, no podemos dejar de considerar su singular expresividad como la copia visible dictada por una invisible obra interior.
Emilia Gutiérrez había nacido en 1928 en el porteño barrio de Flores y falleció durante el mes de marzo del 2003 en su departamento de la calle Federico Lacroze, barrio de Belgrano.
Tal vez sea fundamental para comprender su temprana tendencia al aislamiento
y a la introspección, tener en cuenta que, al nacer Emilia, su
madre tuvo una profunda depresión post- parto que desató
una psicosis y a partir de entonces pasó casi todo el resto de
su vida internada. Es obvio que esta conmoción inicial habrá
constituido en la artista-ante todo en la instintiva vida de los primeros
años y después, con la paulatina toma de conciencia de lo
ocurrido con su nacimiento-, la primera estación de la que nos
habla Adorno.
¿Cuántas puertas en aquellos remotos años, Emilia
habría querido abrir sin poder hacerlo, hasta olvidar que alguna
vez quiso? Esta situación, se me ocurre que inherente a la condición
humana, ¿no habrá compuesto un programa secreto, altamente
significativo en la vida de la artista?
Su abuela materna, paradójicamente llamada Esperanza, se ocupó
entonces de criar a Emilia y a sus dos hermanas mayores, Lidia e Ilda.
Su padre, Emilio Gutiérrez a quien algunos amigos recuerdan como
un asturiano severo, era comerciante, y por sus trabajos, viajaba constantemente
en aquellos años de infancia de Emilia en los que ya empezaba a
mostrar un profundo retraimiento.
Era muy aplicada en el colegio, tenía muy pocos amigos y ya por
entonces manifestó una fuerte inclinación por el arte. En
1944 empezó sus estudios de grabado y dibujo en la escuela “Fernando
Fader”. Con gran entusiasmo y avidez comenzó a visitar exposiciones
por las galerías de Buenos Aires. Fue en estas incursiones donde
conoció a Demetrio Urruchúa quien posteriormente sería
su maestro.
Así la evoca el poeta Máximo Simpson, quien fue un temprano amigo: “Conocí a Emilia más o menos en el año 52. Sí, creo que fue el año en que murió Evita y me parece que fue en la galería de la Sociedad Hebraica Argentina. En esa época ella tendría 23 o 24 años. Era muy bella y muy talentosa, pero todavía no había dado, creo yo, todo lo que dio después. Tuve muchos años un dibujo que me regaló, muy lindo, aunque aún inmaduro. Con mis viajes y residencias en diversos países y lugares se me perdió. Aquel dibujo tenía una rueda y me acuerdo que le pregunté por qué había puesto esa rueda o qué significado tenía y ella me dijo: “No, no tengo nada que decir”. Me acuerdo de esa respuesta porque fue paradójica. Con el tiempo, Emilia demostró que tenía muchas cosas que decir y las dijo con una enorme intensidad y un enorme dramatismo, pues las obras que realizó a lo largo de décadas, la muestran como una gran creadora”.
En 1952, Emilia ya hacía dos años que frecuentaba el taller
de Demetrio Urruchúa. Allí llegó, como cuenta Hugo
Monzón- compañero entonces del taller, luego integrante
del Grupo del Plata, posteriormente crítico de La Opinión
y luego Director del Museo Sívori- "como un ser que venía
directamente de la Edad Media y de pronto cayó en el siglo XX.
En verdad, cuando apareció por el taller ya era una figura cumplida;
al extremo que el Vasco – Urruchúa- que a todos nos daba
largas indicaciones, a ella la dejaba hacer. Y cuando digo “cumplida”me
refiero a que ya entonces tenía formulado lo que quería
hacer, manifestando una gran delicadeza en sus juicios y apreciaciones.
La llamábamos “la flamenca”, porque amaba aquella pintura;
tenía una particular devoción por ese cuadro de El Bosco
que está en el Prado, “Extracción de la piedra de
la locura”. Creo que esa admiración por la pintura flamenca,
si observamos con atención la obra a lo largo de los años,
aparece en esos paños y en la composición de ciertas posiciones
de sus figuras”. También Monzón hace hincapié
en el ensimismamiento de Emilia: “Y creo que con los años
ese ensimismamiento se acentuó”.
Debo decir que viendo fotos de la artista de diversos años, hay
momentos en que Emilia aparece luminosa, es decir, que su vida tuvo otras
alternativas, aunque a la larga hayan primado sus enfermizas depresiones.
Por otra parte, paralelamente a su asistencia al taller del Vasco, habilitó
una habitación en la casa de su abuela, adonde trabajaba con modelo
vivo junto a Silvia Ocampo, Elsa Pérez, Antonio Abreu y Ana Tarsia.
También por esta época comenzó a trabajar como diseñadora
gráfica en la editorial Codex, desempeñándose en
esta tarea 7 u 8 años; ese fue su único trabajo en relación
de dependencia.
En 1953 se casó con Oscar Díaz, también artista;
más tarde conocido como el “Negro Díaz”, manejaría
la dirección gráfica de Eudeba y posteriormente del Centro
Editor de América Latina. En 1954, en el diario “El comercio”de
Cuzco, Perú , aparece una reseña del gran pintor peruano
José Sabogal y en unas líneas dice: “Junto a Sabogal,
en esta tierra que es el corazón más fuerte del Perú,
se encuentran la señora Emilia Gutiérrez de Días
y Oscar Díaz, dos jóvenes pintores argentinos que recorren
América en voluntario peregrinaje de acercamiento cultural y amistad
sin mengua”.
Todo parece indicar que su matrimonio, habrá sido como el de tantos
jóvenes artistas con la búsqueda, los intercambios y altibajos
de cualquier pareja. Pero el matrimonio duró 5 años, lo
que fue aún más traumatizante para Emilia. Hay testimonios
que indican que esta ruptura constituyó otra estación en
la que se detuvo su esperanza. Y viene al caso recordar aquellos magníficos
versos de Leopoldo Marechal: “Con el número dos nace la pena”.
Por otra parte, sabemos que cuando tenía aproximadamente 35 años,
comenzó con tratamiento psiquiátrico, tuvo que empezar a
medicarla. Es obvio que las cosas se dieron de tal manera que la artista
tuvo que seguir ahondando su propio aislamiento, solo sostenida por el
arte, al que ya se había entregado de manera definitiva. Jamás
dejó de trabajar, lo que si por un lado acentuaba su tendencia
al autismo, por otra le habrá facilitado organizar su propia situación
psíquica, lo que dentro de sus posibilidades, fue una precaria
solución. Pero todo esto que afirmo es absolutamente relativo,
porque en la entrevista a Máximo Simpson, cuenta que la visitó
en su casa de Lacroze que también era su taller, después
de casi cuarenta años y así refiere su visita: “Me
impresionó verla casi igual porque era una persona que se había
quedado encerrada en su casa. Me contó que sólo dibujaba
y que había dejado de pintar hacía varios años, porque
el psiquiatra le había dicho que no le convenía o se lo
había prohibido porque ella oía voces cuando pintaba. A
mí , que siempre pensé que la pintura podía ser una
gran terapia, me extrañó. Pero no soy psiquiatra y no sé
cuáles pueden ser las razones”.
Evidentemente, agravada su situación con el paso de los años,
Emilia efectivamente tenía alucinaciones auditivas cuando pintaba.
¿Qué le diría la voz o las voces? ¡Extraña
situación para una pintora, tener que abandonar ese esplendor para
la vista que es el color, por culpa del oído! Recuerdo algún
texto donde se atribuía el corte de la oreja que se hizo Van Gogh
a las alucinaciones auditivas que lo perturbaron hasta ese extremo.
Emilia- lamentablemente- no volvió a pintar hasta su muerte,
pero se abocó a la impresionante obra dibujística que produjo
en las últimas décadas.
Asistida de manera constante por su hermana Ilda y su cuñado León Berlin pudo desarrollar un testimonio artístico que sin duda constituye
una de las grandes y ocultas cifras sensibles del arte argentino de la
segunda parte del siglo XX.
En 1950, Emilia Gutiérrez realiza su aparición pública
en una muestra grupal realizada en galería Van Riel, de la que
no tenemos datos, ni rastros. Pero basta ver algunos estudios a la carbonilla,
supuestamente realizados en el aquel tiempo para darse cuenta cuán
tempranamente su don se manifestó con absoluta solvencia.
En verdad, habría que considerar su aparición cuando ya
forma parte del Grupo del Plata, integrado por Abreu, Anadon, Alcaraz,
Gorriarena, Molteni, Monzón y Ocampo y en 1961, exponen en el Salón
Peuser. En la presentación del catálogo, Ernesto Schoo en
un pequeño fragmento, así se refiere al grupo: “Más
allá de las preferencias individuales, de la técnica propia,
de lo que cada uno de estos pintores intransferiblemente es, hallo en
el conjunto una común aspiración a la que cada cual aporta
su personalidad: ver la realidad tal cual es, por debajo del disfraz de
las apariencias”.
Acertadas palabras, al menos en lo que a Emilia se refiere, pues, aquellas
primeras pinturas de la artista, más que una descripción
de la realidad, más que la recreación de un espacio naturalista,
tienen un carácter simbólico y la fuerte impronta expresionista
que los establece les otorga un sentido de denuncia. Estas pinturas se
presentan como un inquietante espejo, casi siempre atravesado por alguna
figuras que son calaveras de lo humano. No se trata de una denuncia concreta
de esto o aquello, sino de la manifestación de un malestar universal
que nos hace pensar en las influencias de aquellas obras de Edward Munch
o de James Ensor donde inexplicablemente acontece un resquebrajamiento
en demenciales visiones.
Pero esta materia expresionista, estas explícitas y elocuentes
figuras de aquellas primeras obras, irán desapareciendo, para dar
paso a otros procedimientos y otras visiones donde aparecerá ese
intimismo que la artista no abandonará hasta 1979. El extrañamiento,
lo familiar presentado como lo insólito serán una constante
en su nueva producción hasta que por sus alucinaciones auditivas
dejará de pintar para continuar sólo con el dibujo. Y es
necesario advertir que cada vez más se inclinará por las
tintas donde predomina el valor; lo que no dejar de ser una manera de
seguir pintando aunque sin color, sólo con los valores lumínicos
en abstracto.
La primera exposición individual fue realizada en 1965, en la
galería Lirolay. Pero es propicio recordar cómo aconteció,
para advertir que la artista ya constituía una presencia. El Dr.
León Berlín, cuñado y protector de Emilia, conocido
coleccionista, habló de la pintora con Carlos Alonso y como lo
refiere el crítico León Benarós, “éste
creyó encontrarse ante el amigable compromiso de ver la obra de
una niña que dedicaba a la plástica sus ocios, con negligencia
intrascendente. Pero se llevó una sorpresa. Y por cierto que una
sorpresa agradable. Inmediatamente habló a la galería Lirolay
y así pudimos ver con el padrinazgo de Alonso, la obra de esta
rara y valiosa artista”.
Quince pinturas y once dibujos muestran a Emilia presentando otras inquietantes
visiones, pero ya lejos de la elocuencia de las anteriores. Ahora se trata
de un universo silencioso, casi siempre interiores, donde los seres parecieran
participar de una siesta eterna, inmóviles en su mero estar. Pasado
y presente se imbrican para transmitir figuraciones cargadas de melancolía
atroz. El color, casi siempre apastelado, es una importante clave para
eliminar cualquier estridencia que pudiera introducir una cifra contingente
en estas escenas de lejanía.
Así como en las pinturas la artisita manifiesta una actitud abiertamente
pictórica, componiendo con la masa sus planimétricas visiones,
en sus dibujos altamente autónomos, sin traicionar el mismo sentimiento
del mundo algunas veces la línea será la principal protagonista
, como en “Sin título, 1964”, y en otras será
un contrapunto línea y valor , como en “Figura- 1964”.
En junio de 1965, en una nota sin firmar aparecida en “Primera
Plana”, declara Emilia Gutiérrez: “Nada importante
hay en mi vida- dice con una voz antigua de muñeca o miniatura
fatigada-: en los cuadros está el mundo de mi infancia, que no
fue muy alegre”.
Y no puedo dejar de citar otro fragmento de la nota donde con agudeza
dice el crítico:”En los cuadros de Emilia Gutiérrez,
una criatura feroz entra a destajo en el mundo de los grandes, se aferra
a una técnica de moroso virtuosismo y reinventa a los adultos como
los ha sufrido y quizás, como los sufre todavía: hipertróficos,
oligofrénicos, salvados a veces por un repentino baño de
piedad que hace su deformación más humillante, más
cercana a los ángeles, pero también a la muerte”.
Y en un párrafo final, ante su evidente negativa a responder sobre
su vida, concluye Emilia: “porque no me ha pasado nada que pueda
figurar en una nota”. Delicada preservación de su intimidad
aunque, es obvio, por esta muestra y por todas las posteriores que, mucho
de las dolientes visitas al sanatorio donde estuvo internada su madre,
algo de ese clima de desamparo y desencuentro, ha sido un alimento fundamental
para el desarrollo de su arte y para perpetuar esa herida que cicatrizaba
pero siempre volvía a abrirse.
Esta aproximación a la obra de Emilia Gutiérrez, permite
constatar que, a pesar de haber comenzado su camino en aquella fecunda
década del 60. Cuando ocupaban la escena los más variados
y heterogéneos “ismos:- neofiguración, informalismo,
cinetismo, abstracción sensible, etc-, ella permaneció alejada,
en esto parecida a su amigo Juan Eichler, y a otros artistas como Luis
Centurión, Juan Grela, Aída Carballo, Schiavoni y muchos
más que no viene al caso nombrar, ahondando sin desfallecimiento
sus iniciales intuiciones. Podría decirse que permaneció
indiferente a lo más paradigmático de su tiempo: la necesidad
de cambio, esa idea de una constante renovación, como si el tiempo,
implacablemente, asediara las visiones establecidas, obligando al artista
a buscar desasosegadamente lo novedoso.
Esta carrera que comenzó a largarse a fines del siglo XIX, se acentuó
todavía más con la aparición de las primeras vanguardias
del siglo XX, desafiando a los que aceptaron el reto, a desplazarse horizontalmente
para siempre abrir nuevas puertas, hacerse y deshacerse en una proliferación
de propuestas que terminaron abarrotando todo.
Emilia Gutiérrez tomó otro camino: en vez de desplazarse horizontalmente, decidió profundizar verticalmente, renovando con sensibles y matizadas visiones la celebración de la belleza, si le damos al término-tal como lo quería el poeta Rilke- sus dos grandes líneas de fuga: lo sublime y lo siniestro. Estos dos términos han tramado la obra de Emilia como el secreto relato de algunos momentos autobiográficos, produciendo con obsesiva autenticidad esos espacios ilusorios que son, como dije al comienzo de este texto, “la copia visible de una invisible obra interior”.
En marzo de 2003, tuve el honor de prologar la muestra de dibujos que se realizó en galería Arroyo a poco más de un mes de la muerte de la artista, y quiero transcribir esa presentación, sobre todo para señalar la insobornable fidelidad a ese sentimiento del mundo que presidió toda su vida:
“En muy pocos casos las figuras de Emilia Gutiérrez no nos
remiten a una desgarrada visión del mundo. Lejos de gestualidades
desbordantes, con una minuciosa construcción de sus ámbitos,
estos dibujos tienen una singular inscripción en el dibujismo de
nuestro medio: oscilan entre la línea y el valor. Pocas veces sus
figuras se recortan nítidas del fondo, pues la atmósfera
de estos ámbitos, pareciera fundirse en ellas, haciendo esas escenas
silenciosas, de espera, de simplemente estar en el mundo.
Por otra parte, sus figuraciones no son una descriptividad, sino un mundo
de equivalencias visuales que propicia el encuentro de lo real con la
potente subjetividad de la artista.
Si el mundo es permanente contingencia, las escenas de Emilia Gutiérrez
son de una deliberada y resignada fijeza: los cuerpos están ensimismados
en una siesta o sueño eterno. Incluso cuando aparecen varias figuras
como en “Entre plantas y recuerdos”, “Solas”,
o en “12 mujeres”cada una sigue su silencioso y obstinado
encierro.
La ausencia de color en estos dibujos, en los que predomina el blanco,
el negro y los grises, acentúa todavía más el clima
de atmósfera enrarecida, a veces incluso creando situaciones surreales.
Pero las figuras de Emilia Gutiérrez no son dramáticas ,
porque lo dramático es una trama que aún espera una resolución,
un desenlace: y en estas figuraciones, que respiran trágica grandeza,
el tiempo parece haberse detenido como si las figuras supieran lo inútil
de todo grito o gesto para modificar o trastornar esta situación;
ellas parecieran en cambio decirnos que inexorablemente estamos en manos
del destino”.
Raúl Santana
Buenos Aires, enero de 2004