Fallecida el año pasado, es considerada pintora de culto.
Esta noche, a las 20:30, quedará inaugurada en el Museo Provincial
de Bellas Artes “René Brusau” la exposición
de dibujos y pinturas de Emilia Gutiérrez, fallecida el año
pasado y recuperada hoy por galerista y críticos. Paralelamente,
se presentará el libro, “Emilia Gutiérrez. Habitantes
de la luz y las sombras”, a cargo del crítico de arte Raúl
Santana, autor de la publicación, quien abordará la vida
y la obra de la plástica.
Gutiérrez nació en 1928 y murió en marzo del 2003.
Estudió en la escuela Fernando Fader y posteriormente en el taller
de Demetrio Urruchúa.
Si bien integró el Grupo del Plata y realizó algunas exposiciones,
se mantuvo alejada de los circuitos artísticos, por lo que su producción
era desconocida para gran parte del mundo artístico argentino.
Su obra ha sido revalorizada con posterioridad a su muerte, y luego de
exposiciones en Capital Federal, ha comenzado a recorrer el país.
En la muestra en el Brusau nos encontraremos con pinturas de la década
del ‘60y ’70, de una importante impronta expresionista, que
al decir de Raúl Santana, remiten a un “universo silencioso,
casi siempre interiores, donde los seres parecieran participar de una
siesta eterna, inmóviles en su mero estar. Pasado y presente se
imbrican para trasmitir figuraciones cargadas de melancolía atroz”.
Llega al René Brusau, una muestra de Emilia Gutiérrez.
Se trata de 30 óleos de la fallecida pintora argentina, que en los últimos años ganó reconocimiento no sólo en el país, sino también en el exterior. El viernes habrá una charla sobre su obra.
“Cada cuadro es una historia distinta, con cada cuadro se podría
hacer una serie completa”, explicó el periodista Gabriel
Levinas sobre la obra de la pintora Emilia Gutiérrez. Su obra llegará
por primera vez a Resistencia el próximo viernes cuando, a las
20:30 horas, quede habilitada en el Museo de Bellas Artes “René
Brusau”, Mitre 163, una exposición compuesta por unos 30
óleos de la artista.
Desde la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, apuntaron que
la producción de esta artista es poco conocida en el país,
pero que brillara en los años setenta y de la cual hoy en día
existe una fuerte demanda, llega al museo gracias al periodista Gabriel
Levinas. Después de la muerte de Gutiérrez el periodista
asumió el compromiso de difundir su labor artística.
La Flamenca.
“Era una pintora muy particular, con una pintura bastante inusual”,
señaló Levinas sobre la figura. Sobre su vinculación
a la artista plástica explicó que todo comenzó porque
su hermano “era amigo íntimo de Emilia Gutiérrez y
desde que ella falleció decidí hacer conocer su obra en
nuestro país y en el exterior”. Asimismo, recordó
que “le decían la flamenca, no hablaba con nadie y no salía
a la calle, era una persona muy particular”.
Cabe apuntar que una vez inaugurada la muestra de Emilia Gutiérrez,
en el mismo museo, el crítico de arte Raúl Santana brindará
una conferencia abierta al público sobre la obra de la artista
plástica. Esto comenzará a las 21:30 horas y al igual que
en el caso de la muestra, la entrada será libre y gratuita.
Breves
El viernes 17, a las 20:30, en el Museo de Bellas Artes “René
Brusau” quedará habilitada una muestra de treinta óleos
de la artista plástica Emilia Gutiérrez, que brillara en
los años setenta y de la cual hoy existe una fuerte demanda de
su obra.
A las 21:30, el crítico de arte Raúl Santana realizará
una conferencia abierta sobre la obra de la artista.
La inauguración se realizará el viernes 17 a las 20:30
en el Museo de Bellas Artes “René Brusau”, donde se
mostrarán óleos de la artista plástica Emilia Gutiérrez.
La producción de esta artista poco conocida en nuestro país,
pero que brillara en los años setenta y de la cual hoy en día
existe una fuerte demanda de su obra, llega a este museo gracias al periodista
Gabriel Levinas, quien -después de la muerte de Emilia- asumió
el compromiso de difundir su labor artística sobre esta artista
poco convencional.
La serie que se exhibirá en el Chaco, a partir del 17 de septiembre,
está compuesta por alrededor de treinta óleos.
Luego de la inauguración de la muestra de Emilia Gutiérrez,
el crítico de arte Raúl Santana realizará una conferencia
abierta al público sobre la obra de la artista plástica.
La misma dará comienzo a las 21:30 en el mismo Museo de Bellas
Artes “René Brusau”.
Una restrospectiva busca el rescate e Emilia Gutiérrez, artista casi secreta cuyas pinturas llenas de una rara melancolía serán una sorpresa para muchos. Su obra se despliega como un silencioso desfile de máscaras.
No llegué a conocer a Emi-lia Gutiérrez. Debo admi-tir
en un mea culpa que me distraje en otros bullicios cuando la puerta de
su silenciosa obra aún permanecía entreabier-ta. Recordaba,
de manera lejana, aquellas enigmáticas figuras su-yas encuadradas
en esos marcos, tan del gusto del coleccionismo de los años 60/70.
Y algo en ellas que me hacía asociarla a los per-sonajes de Aída
Carballo, tan ex-traños y solitarios, aun en compañía.
La muestra que su familia ha organizado en el Centro Cultural Recoleta
y el libro editado por Gabriel Levinas me han facilitado el encuentro
con su obra y su fi-gura. Así, por primera vez me enfrenté
a su imagen en foto-grafías y no pude permanecer indiferente a
su belleza y al modo en que ésta fue adquiriendo nue-vos matices
con el tiempo. También vi el rostro sombrío que re-trató
Bandi Binder, ese extraño, fotógrafo, cuya huella rescataron
los fotógrafos Francisca López y RES. En verdad, son curiosas
las razones que 1levan a la gente a establecer ciertas sintonías.
Bin-der captó en ese retrato la im-pronta de los personajes fantas-males
que habitan las pinturas de Emilia. La misma mirada, casi siempre perdida
en no se sabe qué lejano horizonte y la misma sombra que ahonda
el hueco de los ojos y corroe el rostro.
¿Qué extraña melancolía debió invadir
el alma de esta artista? ¿De dónde salieron sus persona-jes
sin horizontes ni perspectiva?
Emilia Gutiérrez murió en marzo del 2003 pero hacía
casi veinte años que había dejado la pintura. En todo ese
tiempo, se negó al color, aun ese color tem-plado y contenido que
la caracte-rizó, y sólo dibujó. En el ensayo que
escribe so-bre la artista, el poeta y crítico Raúl Santana
rescata unas frases de Adorno, tomadas de la Dialéc-tica del Iluminismo,
que le sir-ven para reflexionar sobre su vi-da: "El tejido psíquico
de algunas personas está 1leno de cicatrices que fueron heridas
y esas cicatri-ces marcan las estaciones donde se detuvo la esperanza".
De a1lí en más, su texto intenta rastrear esas estaciones
donde se detuvo la esperanza de Emilia.
Y acaso la primera sea, como señala Santana, la que tuvo lugar
en su más temprana niñez, en el momento en que su madre,
a po-co de nacer la artista, se encerró en una profunda depresión
de la que no salió más. Tal vez podría atisbarse
a1lí el secreto de su re-mota melancolía. Y también
la discreta distancia que siempre mantuvo con sus compañeros de
ruta.
Había empezado por estudiar dibujo y grabado en la Escuela Fernando
Fader antes de llegar al ta1ler de Demetrio Urruchúa, a principios
de los 50. A1lí trabó relación con el artista y crítico
Hu-go Monzón y, a partir de él, con Carlos Gorriarena y
otros inte-grantes del Grupo del Plata. Pero estaba claro que su personalidad
no habría de sostener actividades grupales.
Tenía 37 años cuando realizó su primera muestra en
la galería Lirolay. De aquella primera expe-riencia pública
quedó el lacónico testimonio que reprodujo la re-vista Primera
Plana: "Nada im-portante hay en mi vida, en los cuadros está
el mundo de mi in-fancia, que no fue muy alegre".
En esos cuadros -observaba el comentario- "una criatura feroz entra
a destajo en el mundo de los grandes, se aferra a una técni-ca
de moroso virtuosismo y rein-venta a los adultos como los ha sufrido"
No cabe duda que la profunda inquietud que producían y pro-ducen
las pinturas de Emilia Gu-tiérrez, nacen de ese toque insóli-to
que detectó Raúl González Tuñón. De
esas citas misteriosas con algo que no se puede expli-car y está
más allá del universo real. Personajes que echan a vo-lar
en el encierro de un cuarto di-minuto, seres sin rostro que ape-nas dialogan
entre sí. Ojos vacíos y, sobre todo, esos planos de co-lor
sutilmente trabajados, que di-cen todo acerca del encierro inte-rior y
exterior.
Quizá el mayor atractivo de la obra de esta artista reside en ese
punto de tensión que logra entre ese manejo del color y el uso
del espacio. Se diría que la obra de Emilia Gutiérrez se
despliega an-te nosotros como un desfile si-lencioso de máscaras.
Algunas más festivas que otras, no llegan a interpelar al espectador,
más bien lo esquivan o lo miran de reojo. Bajan la mirada como
si no tuvieran el valor de reclamar por ese destino que les tocó.
Mas-carada, una de las obras más ra-ras de la muestra, que pertenece
a la colección del pintor Fermín Eguía, lleva este
principio a su punto máximo de despojamiento y se sitúa,
frontalmente, al borde de la abstracción.
En su mayoría, los personajes de Emilia Gutiérrez son mujeres
o, más bien, máscaras femeni-nas, que deambulan por aquí
y allá. Sin embargo, la distancia y la tristeza no son patrimonio
ex-clusivo de sus figuras femeninas. De ellas no se salva ni el miste-rioso
"Espía", ni siquiera "Án-gel", esa pintura
mágica y ele-mental que pertenece a ]a colección de Pablo
Suárez. y aquí otra de las curiosidades que descubre esta
muestra: el interés que des-pertó en muchos artistas. Acaso,
simplemente porque se trata de una obra a la que no le caben rótulos.
En 1944 inició estudios de grabado y dibujo, en la Escuela Fernando Fader. Luego pasó por el taller de Demetrio Urruchúa y comenzó a exponer en la década del 50, en las galerías más prestigiosas del momento. Se inició con una muestra colectiva en la galería Van Riel. Luego expuso en Lirolay y más tarde volvió regularmente a Van Riel hasta su última exhibición de pinturas en 1975. Desde entonces, sólo se dedicó al dibujo hasta su muerte, -a los 75 años, en marzo del 2003. Sobre su obra han escrito, Raúl González Tuñón, Osiris Chirico y Rafael Squirru, entre mu-chos otros destacados críticos de a la época.
Emilia Gutiérrez
C.C. Recoleta. Junín 1930. Hasta el 16 de mayo.
Martes a viernes de 14 a 21. Sábados y domingos de 10 a 21.
Entrada libre
Raras veces una muestra es recibida con tanta sorpresa por el público como la retrospectiva de Emilia Gutiérrez. La mayor de las razones re-side en el casi absoluto desconocimiento que se tenía de la artista. Sus primeras muestras se realizaron a comienzos de los 60, cuando for-maba parte del Grupo del Plata. Luego, entre mediados de los 60 y la década siguiente, expuso más o menos regularmente en forma indivi-dual. Sin embargo, no logró nunca el reconocimiento que se suele se-llar con premios y ventas: al margen de las tendencias experimentales de la época, al margen de los artistas que optaban por la pintura social o política y en medio de las tensiones extremas de aquellos años, realizó un recorrido que, desde la tradición del cuadro de caballete y la pintura figurativa, refería a la exploración de un universo personal. A esas razones se agregan acontecimientos de su vida privada que con-tribuyeron a su aislamiento y son condimentos para una leyenda trági-ca: la psicosis de su madre producida por la depresión posterior a su na-cimiento, la imposibilidad de tener hijos, su propia inestabilidad emo-cional que la llevó a abandonar la pintura en beneficio del dibujo, por-que el color le provocaba alucinaciones. Ahora pinturas y dibujos, entre la expresión emotiva y la metafísica, muestran un mundo quieto en el que las figuras humanas aparecen detenidas en el silencio, rostros de "blancos fantasmales o la repetida imagen del perfil de mujeres ensimis-madas en un café o en escenas urbanas en las que un rostro ojeroso cla-va su mirada en el espectador. Su callado dolor parece no encontrar lugar en el mundo. A un año de su muerte, la solidez de su obra pictó-rica y la contundencia de su dibujo la reubican, con esta muestra y la edición de un libro, en el campo artístico. MARÍA TERESA CONSTANTÍN
Emilia Gutiérrez (1928-2003) es lo que se entiende como una gran
artista; esto es; alguien con pleno dominio de su oficio artesanal, que
tiene algo propio que decir y que sabe decirlo. No siempre se juntan ambos
términos de la ecuación; a menudo, los que tienen probidad
artesanal carecen de mensaje propio y los que tienen mensaje propio carecen
de probidad artesanal. Por lo antedicho, detenerse frente a los óleos
y a los dibujos de Emilia Gutiérrez es una verdadera fiesta para
los amantes del arte.
Bien formada académicamente, dio una vuelta más de tuerca
en el taller del vasco Urruchúa. Se dio a conocer con algunos de
sus condiscí-pulos durante los años 60, en los que alcanzó
plena madurez expresiva a partir de la dolorosa experiencia de la enfermedad
de su madre.
Dice Fierro: "Nada enseña tanto Como sufrir y llorar".
Fue así muy completa la personalidad de quien supo transmutar sus
penas en obras de imperecedera calidad plástica. Sin apartarse
de lo cotidiano, Emi-lia Gutiérrez fue capaz de atrapar las dimensiones
trascendentes de los personajes que pueblan sus ca--
fés y paisajes, con esa melancolía porteña que ha
resultado trampolín para una de las escuelas pictóricas
más importantes del mundo. Sus óleos están bien empastados
Y nos atrapan desde una sencillez, fruto de mucho esfuerzo.
A no engañarse, la cultura no es fácil y por ello apreciar
la obra de esta notable pintora es un desafió para cualquier sensibilidad
que no -esté suficientemente iniciada. Su lo-zanía de pintora
coincidió en parte con mi permanencia en USA y a mi retorno, ella
pintaba y dibujaba con tal maestría que los dibujos parecen grabados
litográficos. Captó ángeles que la visitaron. .
(En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 1 6 de mayo)
Poca obra habíamos visto de Emilia Gutiérrez (1928-2003),
Y fe-lizmente ahora esa falencia es supe-rada gracias a una vasta antología
que no deja sesgos sin mostrar de su producción. Esta debe dividirse
en dos: por un lado las pinturas y por otro los dibujos, que son realmen-te
de excepción. La figuración fue en Gutiérrez un soporte
para la ex-perimentación con la forma y en los dibujos -de una
evanescencia comparable a la que conseguía Eu-gene Carrere -se
nota más que en las pinturas la sabiduría de la com-posición-
y el puntillista to-que de la tinta o el grafito en la captación
de fi-guras dramáti-cas, mayoritariamente femeninas.
En las pinturas cunde el simbolismo en casos entronca-do con el surrea-lismo
en las fi-guras flotantes, en situaciones también de cla-ra dramaticidad.
Lo curioso es que esta gran pintora reflejó hace años realidades
que son las que hoy pueden verse en las calles o en los llamados albergues
que proliferaron al compás de la crisis 2001.
Una muestra de excepcional calidad, para descubrir a una pintora que de
ahora en más ocupa un lugar importante en nuestra plástica,
gracias también al libro que termina de dedicarle Raúl Santana
y que contó con el cuidado editorial de Gabriel Levinas.
En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, hasta el 16 de mayo
de martes a viernes de 14 a 21, sábados y domingos de 10 a 21.
PINTURA
Emilia Gutiérrez fue una artista de raza, de esas capaces de extraer
lo sublime y lo sinies-tro del mundo que la rodeaba. En esta muestra titulada
"Habitantes de la luz y de la sombra", Emilia nos hace partícipes
de momentos autobiográficos.
Con los ojos de una niña que no tuvo una infancia feliz, desde
allí describe un mundo de pesados silencios y obsti-nados encierros.
Sus cua-dros de colores pastel no presentan a sus personajes de grandes
ojeras, que quizá por timidez casi nunca miran de fren-te, recortados
sobre fondos que siempre tienen límites precisos, las paredes.
Los trazos grue-sos sin muchos detalles contrastan con los di-bujos con
aspecto de grabados en donde conviven grandes planos blancos con figuras
que son la suma de pequeñas líneas, que le dan volumen y
valores oscuros. Conmovedores sus cuadros, como su propia y trágica
historia.
Hasta el 16 de mayo en el Recoleta.
En 1965, cuando tuvo su primera muestra individual en Lirolay -apadrinada
por Carlos Alonso-, Emilia Gutiérrez declaró en Primera
Plana: "Nada importante hay el1 mi vida, en
Los cuadros está el mundo de mi infancia, que no fue muy alegre".
Lo cierto es que, desde entonces, muy pocas veces más sacó
obra del taller, y se limitó durante años (hasta el 2003,
en que murió) a llevar adelante, sola (al punto de no formar parte
de ninguno de los colectivos artísticos de esos años) y
con una intensidad capaz de jugar con distintos registros, escenas y retratos
de un mundo interior que la carcomía, Lo sublime y lo siniestro
(como prologó Raúl Santana en el catálogo), junto
con la autobiografía, fueron guiando su pincel hasta dar con los
cuadros que, ahora, se ofrecen como testimonio de que no siempre los nombres
conocidos son los únicos y de que puede haber grandeza en la tragedia.
Sala 8 del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930.
E1 lunes 8 de octubre de 1973, Van Riel, una de las galerías
más prestigiosas de Buenos Aires -ubicada en el centro del circui-to
de arte, en Florida 659- inau-guraba una muestra de pintura de Emilia
Gutiérrez. El catálogo editado para la ocasión, además
de los datos de costumbre, tenía una portada sin-gular. Se trataba
de algo así como un patchwork o como un despliegue de fichas de
dominó, en el centro estaba
el retrato foto-gráfico de una mujer, la artis-ta, y a su alre-dedor,
seis retratos pictóri-cos, en realidad detalles de ros-tros tomados
de la obra de Gutié-rrez. El retrato fotográfico y los pictóricos
tenían algo en común: una intensa con-centración
en la mirada. De frente, de reojo, como al pasar, esa mira-da, rodeada
por profundas ojeras pin-celadas de negro, tenía el poder de anular
el resto de los detalles. Eviden-temente quien hubo concebido el ca-tálogo,
seguramente con el consenti-miento de la artista, tuvo la agudeza de captar
ese hilo conductor que atra-vesaba la obra expuesta: diferentes personajes
que a modo de interlocu-tores privilegiados aparecían como una
especie de vínculo entre el espectador y la obra. Invisi-bles para
el resto de la escena, el rol de esos personajes parecía ser el
de lúcidos vigías observadores del mundo, pero al mis-mo
tiempo permanecían ajenos a él. La vida y la obra de la
artista parecen sinte-tizarse en esa interpretación gráfica.
Emilia Gutiérrez falleció en Buenos Aires el 13 de mayo
de 2003. Casi olvi-dada, su muerte no tuvo ninguna re-percusión
pública, hora, el próximo 15 de este mes, el Centro Cultural
Recoleta presentará una muestra antológica de su obra que
ofrecerá al público una visión amplia de sus pinturas
y dibujos.
La artista emerge en la escena artís-tica de Buenos Aires en los años 60: en 1961 forma parte del Grupo del Plata integrado, entre otros, por Hugo Mon-zón, Silvia Vera Ocampo y Carlos Go-rriarena. Ya en ese primer agrupamien-to, Gutiérrez y el resto de los miem-bros del grupo fueron señalados por el crítico Ernesto Schoó con rasgos que, en medio de la euforia experimental de los 60, aparecen como muy diferencia-dos: figurativos, al margen de "los ex-tremismos más peligrosos" e insistien-do en el ejercicio de la práctica pictó-rica. En esa época, la artista realiza obras de carácter fuertemente expresi-vo, en las que personajes, cadavéricos o velados, tienen una gran carga de muerte. Para 1965, separada ya del grupo firma un contrato en exclusivi-dad con la galería Lirolay. Confirma-do, Primera Plana, La Razón y La Na-ción se ocupan de sus exposiciones. Mientras, otras galerías muestran, por ejemplo, obras de Luis Benedit o Nicolás García Uriburu, es decir artis-tas que orientaban su producción plás-tica hacia el conceptualismo y la des-materialización de la obra. Ella enton-ces, con su fidelidad a la pintura, sus tonos bajos, sus deformaciones espa-ciales surreales y la rara melancolía de sus personajes, para la crítica, aparece como "extraña".
En los años 70 expone en Van Riel. Realiza su ya citada muestra
de 1973, quizás una de las más importantes y la que permite
vislumbrar las diferentes vías que puede tomar su obra: traba-jos
en los que se deja atrapar por el motivo de la ciudad, los cines y cafés
recorridos por esa noctámbula ojero-sa que se pierde en el anonimato
para dirigirse sólo al espectador; la geo-metrización metafísica
de motivos del puerto y de doloridas escenas co-mo la de ese Prisionero
con su cabeza atravesada por una herida sangrante; para oscilar, irónica,
hacia una pelu-quería femenina donde el eje de la obra se concentra
en los secadores de pelos tratados como naturalezas muertas, de ellos
escapa un viento que hace flamear cuatro pelitos y un corbatín.
A veces aparece algún pai-saje urbano con graffiti o banderas:
es el año de la exaltación democrática del gobierno
de Cámpora y el regreso de Perón, como señala un
crítico; en épocas en que "todo parece situarse en
un extremo de violencia", ¿qué puede ella con su obra
tan dirigida ha-cia un universo personal y privado? Sus criaturas son
a veces observado-res distantes, otras aparecen ensimis-madas en su propia
historia.
En los años 80, cuando el mundo ar-tístico vuelve su mirada
a la pintura, Emilia Gutiérrez ha dejado de pintar: desde mediados
de la década anterior se refugia en los blancos y negros del dibujo
y "dibuja de tal modo que por el efecto de sus granulados nos re-cuerda
por momentos los resultados de la litografía", dice Rafael
Squirru, otras veces amplios espacios blancos actúan generando
abismales silen-cios. Cada vez más sus personajes se cierran a
todo diálogo, cada vez más la vida de un café es
lugar del anoni-mato más profundo, mientras las in-terminables
series de dibujos que lle-gan casi hasta el final de su vida cons-tituyen
el único refugio.
Es a través de aquello para lo que había vivido, su producción
artísti-ca, que su hermana, Ilda Gutiérrez, su sobrino Alejandro
y su cuñado, el doctor León Berlín, quieren home-najearla
y promueven esta exposi-ción. En el momento de la muestra se presentará
el libro Emilia Gutiérrez, Habitantes de la luz y la sombra, edi-tado
por Gabriel Levinas, con textos de Raúl Santana.
Decía Michel Foucault que "hay muchas maneras de hablar, como
también muchas clases de silencio".
Ella transitó en la vida y obra, la rotundidad de los silencios.